Spin-off

Spin-off

lunes, 27 de octubre de 2014

Ruleta Rusa...


Neo Venecia, Italia...
 Año 4026...


-Ivel, querida llegó una invitación al baile de máscaras del señor Cardinale.-informó su dama de compañía dando un portazo tras de sí.  

-¿Elaine podrías, por favor, no azotar la puerta de ésa manera? Me has asustado.-rió la joven Ivel saliendo del cuarto de baño; se miró en el espejo y le guiñó un ojo a su dama. La chica sonrió y le extendió la invitación. Un sobre dorado que Ivel rechazó-Léelo para mí, ma chérie.

   La dama lo abrió, aún estaba encantada con el vestido que su ama llevaba esa noche. Era negro y muy ajustado a la cintura; era de seda, y como a la joven Ivel no le gustaba estar muy colorida siempre optaba por algo oscuro.

-“A mí querida princesa egipcia....-Ivel soltó una carcajada.
   
  No podía creer que Franco Cardinale haya personalizado su invitación al baile de máscaras que ofrece cada año. Lo conoce desde que eran unos críos, su padre tenía la loca idea de verlos casados pero lo único que tenían Franco y ella era una relación fraternal; él era el hermano que nunca tuvo. Fastidiosamente protector, e increíblemente dulce. Nunca lo vio como algo más y él a ella tampoco.


   La dama terminó de leer y colocó la invitación en la cómoda de su ama. Elaine observó atenta a la joven Ivel, se estaba mirando en el espejo. 
  Ivel solía ser muy atrevida, llena de vida igual que su madre. Talia estaba orgullosa de su pequeña, era muy inteligente y decidida tal y como su padre. Pero había heredado el espíritu aventurero e indoblegable de su mamá, Elliot no podía evitar hacer comparaciones; Talia e Ivel eran dos gotas de agua.

-Casi se me olvidaba, Leonardo está en la recepción esperándote.-le dijo.

-Ya estoy lista, iremos a cenar antes de mí regreso a Roma.-Ivel se acercó a su dama y le dio un beso en la mejilla.-Duerme un poco, Elaine, que en cuanto regrese salimos para Roma, ¿vale?

   Ivel se marchó.
   No estaba muy ansiosa de volver a Roma, sabía lo que le esperaba; a la mañana siguiente tendría que verle la cara, por primera vez, a su prometido. De él no sabía ni el nombre, pero su padre fue claro, el compromiso ya se había hecho y debía cumplirse; Ivel no quiso enfrentar a su padre, su mamá se encontraba muy enferma y pelearse con su papá empeoraría la situación. Así que por la paz, decidió seguirle la corriente.

   Leonardo di Anté sonrió al verla acercarse.
    Su cabello castaño alborotado iba muy arreglado ésa noche, Ivel lo abrazó. Si de mejor amigo se trata, Leonardo es el mejor de mejores.

-Piccola, te veo diferente.-comentó Leonardo, en cuanto el carruaje se puso en marcha.-Estás triste.

-Me caso, mí padre quiere casarme con un hombre al que ni siquiera he visto.-Ivel se echó su negro cabello a un lado, miró a los azules ojos de Leonardo.-He querido hablar con él sobre ése particular, pero sé que terminaremos peleando y me preocupa mí madre.

   Leonardo la atrajo hacia él y depositó un beso en su cabeza.

-Cuentas conmigo, piccola, cuando decidas hablar con tu padre estaré a tu lado.

-Es muy tarde, mañana conoceré a mí futuro marido y a su familia.

-Entonces mañana estaré en Roma, debe tener mí aprobación.-rió.

-Estás peor que Franco.-dijo Ivel, riendo también.

-Sí estoy peor que él, Franco es como tu hermano, yo me he acostado contigo.-sonrió de forma maliciosa.

   Ivel besó muy quedo sus labios.

-Hemos llegado.-anunció Leonardo, al ella apartarse.

   Bajó del carruaje y la ayudó a Ivel.
   Entraron tomados de la mano, se sentaron alejados del resto de los comensales, y cerca de una ventana. 
    Leonardo logró quitarle, por un rato, la preocupación que le significaba el compromiso arreglado. Conocía ésa parte de Ivel que prefería reír antes que estresarse por algo. 

-No puedo creer que le hicieras algo así a tu cuñado.-reía Ivel, mientras miraba alrededor. La gente se había levantado de sus asientos debido a un jaleo que se armó afuera del local.-¿Qué está pasando allí?-preguntó, viendo por la ventana.

    Leonardo la siguió al verla salir, decidida.
    Se abrió paso entre la gente que rodeaba a los que armaron el escándalo. Un viejo regordete levantaba un látigo en ése momento, Ivel se lo quitó antes de que el hombre lo azotara contra una chica que se hallaba en el suelo.

-¿Estás bien?-le preguntó Leonardo a la chica.

-¿Y a ti qué coño te importa, noble de mierda?-escupió la joven, levantándose.

   Ivel miró a Leonardo y enarcó una ceja.

-La estamos ayudando, Mí Lady.-dijo Ivel.

-No se los pedí, niña. Puedo arreglármelas sola.

   Se sacudió los harapos que llevaba puestos; Ivel dedujo el motivo de la disputa al ver el lugar de dónde habían salido. Era un bar, y no de los que suele frecuentar con Leonardo cuando visita Neo Venecia.

-Me ha estado robando, Eminencias, merece ser castigada.-dijo el viejo.

-¡No soy una ladrona! ¡Quisiste propasarte conmigo!

-¿Cuánto le debe?-inquirió Ivel, haciendo caso omiso a lo que la chica dijo.

-No es asunto tuyo....

-Novecientos rivalz.-contestó el viejo.

-Leonardo, págale lo que pide y un poco más. La compro.

   Leonardo se sorprendió, miró a la prostituta y luego al jefe de esta. Ambos estaban igual de anonadados.

-No puedes estar hablando en serio.-le susurró a su amiga.

   Ivel seguía mirando a la chica; Leonardo suspiró. Sí, hablaba muy en serio.
    La gente se dispersó, y el joven noble se apartó junto con el viejo para pagarle; Ivel dio media vuelta y comenzó a caminar de regreso al restaurante.

-¡Oye, pequeña mía!-le gritó la joven. Ivel se volvió, extrañada por el apodo. ¿"Mía"?-No necesitaba tu ayuda, qué lo sepas.

-Lo sé.-sonrió Ivel.

-Te pagaré hasta el último centavo.-Ivel ladeó la cabeza, a la chica le resultó adorable el gesto pero disimuló la sonrisa.-Ahora soy tu esclava.

   Ivel frunció el ceño.

-Eres libre, no le perteneces a nadie... y créeme no querrías tenerme de ama.-agregó con una sonrisa ladina.

   Leonardo se acercó a su amiga, esta lo cogió de la mano.

-¡Victoria!

   La joven prostituta se volteó al oír el nombre.
   Ivel bajó la mirada, su sonrisa se volvió más pronunciada, no necesitaba preguntar el nombre, ahora ya lo sabía.

-Gael, ¿qué haces aquí?

   El hombre que la había llamado la cogió del brazo y se la llevó, regañándola entre dientes.
    Leonardo notó la sonrisa en los labios de Ivel. Durante la cena no preguntó nada, y ella actuó con naturalidad, pero en el carruaje, de regreso al hotel, no pudo aguantarse.

-¿Por qué pagar por ella? Sé que haces obras de caridad debido a tu noblesse oblige, pero esto es diferente, piccola. Era una prostituta.

-No me gustó el trato que le dio ése viejo, sólo eso. Nadie merece ser tratado así.

   Leonardo sabía lo bondadosa que era, su madre la educó muy bien en ése aspecto. Sin embargo había algo distinto, Ivel no tenía muchos amigos, no le gustaba rodearse de mucha gente e ir a defender a una prostituta y encima comprarla, no era algo que la veía haciendo. Por muy buena persona que fuera.
   Algo en la joven tuvo que haberle llamado la atención para hacerla actuar de ése modo.
   Se despidió de ella en el vestíbulo, Ivel esperó a que él se marchara para ir a su habitación; Elaine se encontraba tomando té en la terraza. Ya tenía todo preparado para volver a Roma; Ivel se sentó al borde de la cama, y la mujer entró.

-¿Pasó algo? Estás triste.-comentó Elaine.

-Es Roma, es el compromiso, es mí padre....

      En el trayecto hacia Roma, en un carruaje que su padre había enviado, Elaine no la molestó. Debía pensar en lo que se venía con todo el asunto del arreglo matrimonial; después de tantos siglos aún existían este tipo de cosas y eso le resultaba asqueroso e injusto. Que no pudiera decidir su destino la irritaba, tenía veintidós años, su padre no podía obligarla a nada pero el honor de la familia estaba por encima de todo. Y el compromiso se hizo cuando ella era una niña. 
   Está atada a aquél extraño individuo desde antes de nacer.
   Entrando a la Gran Ciudad cerró la ventana del carruaje, no quería ver su realidad. La fría Roma, con sus altos y antiguos edificios de acabados góticos, parecía una Budapest más grande y elegante. Su padre gobernaba toda Italia, y Neo Bretaña, potencias en un mundo regido por una sola persona, un sólo poder: Arléz. 
  Su padre se sentía orgulloso de ser parte de una organización como aquella, uno de los Siete Grandes y cuyo líder principal era Arléz, a quién se le debía respeto, a quien debían doblegarse.
  Ivel estaba atrapada en un mundo consumido por la falta de libertad, donde muchas cosas eran restringidas. Y se supone que era la sociedad perfecta.
  Una sociedad donde las muestras de amor en público eran castigadas con la cárcel y muchas veces la muerte, una sociedad donde la milicia andaba en las calles pero sólo actuaba cuando le convenía y sólo para humillar a los menos favorecidos. Para muestra lo ocurrido con aquella prostituta, entre los que miraban el maltrato del viejo propietario del bar, habían varios militares. 
    Ivel apretó su mano en un puño al recordar la escena.

-Ivel, yo me encargo de tu equipaje.-le dijo Elaine al llegar a la mansión.

    La joven entró y corrió escaleras arriba, ansiaba ver a su madre, pero a mitad de camino su padre la llamó.
   Ella se detuvo en el último escalón y lo miró.

-¿No pasas a mí estudio a saludarme?-preguntó el señor.

   Su sonrisa de alegría al ver a su hija se desvaneció cuando esta siguió su camino.
   Ivel no quería ni verle la cara, se encaminó a los aposentos de su madre; antes de entrar resopló para liberar toda la mala vibra que le había producido ver a su padre. Entró al sentirse en "paz", y ésa felicidad de verla nuevamente después de un mes la abandonó cuando encontró a su madre tumbada en la cama toda pálida.
   Ivel se sentó a su lado y la abrazó. La enfermera que se encargaba de los cuidados de la Señora, salió para darles privacidad. Un momento madre e hija.

-¿Cómo te fue en Venecia, cielo? ¿Te has divertido?-preguntó Talia, después de besar la mano de su niña.

-Sí, creo. Franco me ha invitado a una fiesta de máscaras que celebrará la próxima semana; pero madre, ¿qué te ha pasado? ¿Qué han dicho los médicos?-Ivel se acostó en el regazo de su madre, esta empezó a acariciar su cabello.-Has empeorado ¿cierto? Ya no hay tiempo.

    Talia empezó a tararearle una nana, no quería hablar del tema, eso sería angustiarla más de lo que ya estaba.
   Ivel le contó algunas anécdotas de su viaje, e hizo llamar a Elaine para entregarle el recuerdo que le había comprado. Un cuadro de una madre y su pequeña hija paseando de la mano por un jardín. A Talia le encantó, recordó los momentos que ha pasado al lado de su niña.
   La joven esperó a que su madre se quedara dormida para ir a sus aposentos, con su padre hablaría en la mañana.
   Abrió la puerta, al entrar encontró la luz apagada. No se preocupó por encenderla, caminó hacia la cama y al momento de detenerse ante ella sintió que le cubrían la boca.

-Shhh, shhh...Soy yo.-le susurraron al oído.

   El hombre la soltó.

-Marco, ¿cómo entraste?-le preguntó al visitante.

   El hombre encendió la lámpara de la mesita de noche y se sentó en la cama.
   Su mirada de ojos verduscos se centró en Ivel, tenía rasgos de hombre duro, rudo. Y no por nada era un militar, su cabello castaño iba muy corto y su penetrante mirada daba la impresión de posesión. 
   Él tenía ése aire posesivo.

-Tengo mis trucos.-sonrió. Le tendió una mano a Ivel y esta la cogió, él la atrajo hacia sí e hizo que se sentara en su regazo.-Te extrañé, ¿sabes? Eres mí eternidad, Ivel Carlysle.

-¿Me perdonas por marcharme, sin avisarte?

-Te perdonaría todo, amor.

   Marco besó sus labios, y aunque al principio ella le correspondió, y le gustó volver a besar su boca. No podía esconderle por más tiempo que tenía un compromiso, y que a la mañana siguiente conocería a su futuro esposo.
   Se levantó y mirándolo a los ojos se confesó.
   
-Sé que me amas, y sabes que siento igual, por eso me duele lo que voy a decirte.

-Tu padre sabe algo.-dijo él, bajando la mirada.

-No, estoy comprometida, Marco.-El hombre volvió a mirarla, sorprendido.-Con un hombre al que no he visto, al que conoceré mañana.

   Marco se puso de pie, la noticia lo puso nervioso.

-No voy a permitirlo, no pienso permitirlo. Hablaré con tu padre ahora mismo....

-Te matará.-lo detuvo Ivel, cogiéndolo de la mano.-Dejemos que las cosas sigan su curso, ya pensaremos en algo. Buscaremos adonde huir, no sé; pero no podemos ir con él porque entonces te voy a perder, y no es lo que quiero.

   Marco le rodeó la cintura.

-¿Adónde podemos huir con la Organización en todas partes? No tenemos escapatoria, Ivel. Debemos decirle, e impedir que este estúpido compromiso siga en pie.

  Ivel lo abrazó, no podía decir que Marco estaba en un error, porque de hecho no lo estaba. 

    
    












--------------------------------------------------------

  
-El señor Valestra estuvo aquí anoche ¿no?-dijo Elaine, ayudando a Ivel a desempacar.

   Ivel notó la mirada severa de su dama de compañía.

-No hicimos nada, Elaine, deja de mirarme de ése modo.-rió la chica.

-Yo no he dicho que hayan hecho algo.-sonrió Elaine.

-Tu mirada lo dice todo.

   Leonardo llegó a las diez de la mañana, Ivel no creyó que fuera a acompañarla de verdad. Debía tener mil cosas más importantes qué hacer, pero allí estaba. 
   Ivel prefirió no hablar con su padre, pensaba en Talia, en su enfermedad, en el pleito que se vendría si enfrentaba a Elliot y lo que eso supondría para su madre. Podía perderla ése mismo día.
     Ambos se quedaron con el padre de Ivel en su estudio a la espera de los invitados. Ivel se hallaba tranquila por fuera, pero hecha un lío por dentro; cuando anunciaron la llegada de la familia JeanMarais miró a Leonardo de reojo. Resignada.
   Su padre fue a por los invitados; la puerta se abrió y ella y su amigo se pusieron de pie.
    Se volvió y vio entrar a una dama y a un caballero. Ambos entrados en años, seguidos de un joven que resultó familiar, aunque en aquella ocasión apenas y si dio tiempo a verle el rostro.
   Alto, de pelo negro y rostro muy fino, sus ojos grises guardaban una fría mirada. A Ivel no le agradó el modo en que la examinó, si Marco hubiese estado presente su reacción habría sido agresiva. Menos mal logró convencerlo de marcharse ésa madrugada.
   
-Lamento la tardanza....

   Ivel miró a la persona que acababa de hacer acto de presencia, y el suelo bajo sus pies se esfumó.
   Leonardo soltó un: "Santo Dios" muy bajo que sólo Ivel oyó.
   
-Gael, ella es mí hija.-dijo su padre.-Ivel, te presento a la familia JeanMarais, y más importante aún, a tu prometido: Gael JeanMarais.

    El hombre besó la mano de su prometida, esta aún se encontraba sorprendida por la aparición de la joven que recién había conocido la noche anterior.

-Ellos son mis padres, Juliette y Gastón.-dijo Gael. La chica saludó a sus suegros con un beso en cada mejilla.-Y ella es Victoria, mí hermana menor.

   ¡Cuánta diferencia había entre esta Victoria y la Victoria de la noche anterior! Tan elegante, ¿y así llamó "noble de mierda" a Leonardo? Ella venía del mismo basurero.
   Ivel la saludó del mismo modo en que había hecho con sus suegros, sólo que su cuñada hizo del saludo el más lento de la historia.

-¿Sorprendida, pequeña mía?-le susurró al oído.

   ¡Entonces ella la reconoció! ¡Victoria supo quién era cuando la vio ésa noche! 
  Ivel evadió la azul mirada de su cuñada y se centró en su prometido. Este sugirió salir al jardín, si no era mucha molestia; el padre de Ivel estuvo de acuerdo, y mientras salían la joven dueña de casa cogió del brazo a su invitada impidiéndole salir.

-¿A qué juega, Mí Lady?

-A nada, sólo que anoche supe quién eras con sólo ver tu cara, eres hija de nuestro regente. No pasas desapercibida.

-¿Por qué no comentaste nada?-preguntó Ivel, soltándola.

-Porque pensé que sería divertido ver tu reacción al ver a tu obra benéfica/prostituta/esclava ser presentada como hermana de tu prometido.-rió Victoria.-Y no me equivoqué, pequeña mía

-Eres una maldita, Vika.

   Leonardo abrió la puerta.

-Ivel tu padre está preguntando por ustedes.-le avisó.

   Salieron del estudio juntos.
   Ivel miró a su cuñada, ambas iban detrás de Leonardo; Victoria notó la mirada de la chica y con las manos hizo una seña. En su mano derecha hizo la mímica de llevar un arma, mientras que con la izquierda hizo las veces de cargarla con una sola bala, y se apuntó a la cabeza.
   Ivel sonrió, y volvió la mirada hacia otro lado. 
   Claro que está jugando a algo.